Un domingo cualquiera, una familia llegó a nuestra congregación. Los noté algo inquietos observando el entorno y murmurando entre ellos. Al acercarme, manifestaron su admiración por el recinto y expresaron, más o menos, la siguiente frase: “Pastor, qué bonita iglesia tiene”.
Sonreí tímidamente y les compartí la heroica historia de cómo Dios nos trajo hasta este lugar. La conversación giró en torno a muebles, sillas, luces, esfuerzos humanos, milagros financieros, sin el cual nada de esto habría sido posible. Al final, por supuesto, dije: “Dios ha sido bueno y nos ha permitido tener una iglesia muy bonita”.
Pero, Cuántas veces los esfuerzos pastorales se han canalizado en edificar grandes monumentos al punto que todo plan, proyecto, visión e incluso muchas de las predicaciones han buscado motivar a la feligresía a construir la "super iglesia para Dios", ¡El mejor templo posible! ¿Es malo entonces desear no solo un espacio, sino un auditorio agradable y confortable? Por supuesto que no, ojalá cada congregación pueda tenerlo.
No obstante, por más imponente que sea el lugar de culto y por más impacto emocional que cause en sus visitantes, ¡esa no es la obra que Dios mandó edificar! De hecho, Él mismo Señor expresó que Él edificaria Su iglesia.
Es común econtrar en gran parte de la cristiandad que el enfasis ministerial es tener un templo majestuoso “para la gloria de Dios”. No obstante, en cuantas ocasiones se ha dejado en segundo plano el verdadero sentido del ministerio desgastandose en aspectos que si bien son importanes no son prioritarios, Creo que Pablo se anticipó a este problema y lo atacó de raiz, en la carta los Galatas les enfatiza el imperativo de Dios, en el capítulo 4, verso 19 leemos: “¡Oh mis hijos queridos! Siento como si volviera a sufrir dolores de parto por ustedes, y seguirán hasta que Cristo se forme por completo en sus vidas.”
Este mismo consepto pablo lo desarrolla en la iglesia de Efeso, leemos en el capitulo 2, verso 21 lo siguiente: “En quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor”
En Efesios 4:15-16 También encontramos como Pablo relaciona la iglesia con el cuerpo “...crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”
Siendo asi las cosas, el verdadero llamado que Dios hace es la edificación de su iglesia, la voluntad de Dios es que cada creyente desarrolle la capacidad de ir creciendo en el conocimiento de Dios (2 Pedro 3:18) y dando su propio fruto (Juan 15)
La iglesia que un pastor a de “mostrar” son personas que maduran en su fe, crecen en su relación con Dios y han desarollado la capacidad de compartir el evangelio a los no alcanzados; está iglesia, en si misma, no es la vanagloria del Pastor, sino una que glorifica a Dios.
Un ministro puede llegar a tener un auditorio super majestuoso lleno de personas, pero, ¿Cuántos de estos cristianos están avanzando y creciendo como discípulos de Cristo?. Por otro lado, un pastor puede carecer de un lugar con lujos materiales, pero ha dedicado sus esfuerzos en hacer de sus feligreses verdaderos discipulos de Cristo.
En el tiempo del tribunal de Cristo, el juez supremo, no preguntará por el valor del terreno, el costo de la edificación, la marca del teclado, mucho menos si las sillas eran acolchadas, nada de esto tendra valor alguno en la aternidad; aquel día, el pastor deberá entregar cuentas sobre su labor de discipulador y formador del carácter de Dios en sus feligreses.
¿Qué iglesia estás construyendo y cuál quieres mostrar?
Josué D. Aya
Ps. CRC Kennedy
#ElPasDanny

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