Un domingo cualquiera, una familia llegó a nuestra congregación. Los noté algo inquietos observando el entorno y murmurando entre ellos. Al acercarme, manifestaron su admiración por el recinto y expresaron, más o menos, la siguiente frase: “ Pastor, qué bonita iglesia tiene”. Sonreí tímidamente y les compartí la heroica historia de cómo Dios nos trajo hasta este lugar. La conversación giró en torno a muebles, sillas, luces, esfuerzos humanos, milagros financieros, sin el cual nada de esto habría sido posible. Al final, por supuesto, dije: “Dios ha sido bueno y nos ha permitido tener una iglesia muy bonita”. Pero, Cuántas veces los esfuerzos pastorales se han canalizado en edificar grandes monumentos al punto que todo plan, proyecto, visión e incluso muchas de las predicaciones han buscado motivar a la feligresía a construir la "super iglesia para Dios", ¡El mejor templo posible! ¿Es malo entonces desear no solo un espacio, sino un auditorio agradable y confortabl...
Un espacio para crecer y meditar en la sabiduría de la palabra de Dios.